Lactato: El Combustible Que el Ciclismo Creyó Residuo
El 75% del lactato producido durante el ejercicio se oxida como combustible, no se acumula como desecho
El error que duró un siglo
En 1907, un fisiólogo de la Universidad de Cambridge publicó un hallazgo que marcaría la narrativa del ejercicio durante cien años. Walter Fletcher y Frederick Gowland Hopkins observaron que el músculo de rana aislado y estimulado hasta la fatiga acumulaba ácido láctico, y que esa acumulación desaparecía cuando el músculo se exponía a oxígeno. La conclusión parecía directa: el ácido láctico era un producto de desecho generado cuando el músculo carecía de oxígeno suficiente, y su acumulación causaba la fatiga. La elegancia del experimento, combinada con la simplicidad de la explicación, cimentó una idea que se trasladó a los libros de texto, a los planes de entrenamiento y al vocabulario de cualquier ciclista que alguna vez haya sentido arder las piernas en un puerto. El problema es que esa idea estaba fundamentalmente equivocada.
El lactato no es ácido láctico. No es un desecho metabólico. No es la causa directa de la fatiga muscular. Y lejos de ser un residuo tóxico del esfuerzo, es una de las moléculas energéticas más versátiles del organismo humano. Brooks (2018) resumió cuatro décadas de investigación al afirmar que el lactato cumple al menos tres funciones simultáneas durante el ejercicio: es una fuente de energía preferida por múltiples tejidos, el principal precursor para la síntesis de nueva glucosa en el hígado, y una molécula de señalización que regula la expresión génica en las células musculares. La revisión, publicada en Cell Metabolism, marcó la consolidación de un cambio de paradigma que empezó décadas antes en un laboratorio de Berkeley.
George Brooks y el nacimiento del lactate shuttle
George A. Brooks, fisiólogo del ejercicio en la Universidad de California en Berkeley, publicó en 1985 una revisión en Medicine & Science in Sports & Exercise que cuestionaba el concepto mismo de "umbral anaeróbico". Brooks (1985) argumentó que la acumulación de lactato en sangre no reflejaba simplemente la producción muscular, sino el balance entre la tasa de producción y la tasa de eliminación en todo el organismo. El lactato sanguíneo no era un indicador de hipoxia muscular sino un metabolito en tránsito, constantemente producido y consumido incluso en condiciones de plena disponibilidad de oxígeno. Un año después, Brooks (1986) formalizó la hipótesis del lactate shuttle en un artículo seminal publicado en la misma revista, donde presentó evidencia de que más del 75% del lactato formado durante el ejercicio sostenido a intensidad estable se eliminaba por oxidación directa, y solo una fracción menor, aproximadamente el 20%, se reconvertía en glucosa a través del ciclo de Cori en el hígado.
La hipótesis proponía algo que contradecía la fisiología canónica de la época: las fibras musculares glucolíticas de tipo II, que producen lactato a tasas elevadas durante el esfuerzo intenso, no lo liberan como desecho sino como un sustrato energético que otras células pueden captar y oxidar. Las fibras oxidativas de tipo I del mismo músculo, las fibras de músculos menos activos en ese momento, el corazón, el cerebro, el hígado y los riñones son todos consumidores de lactato. La molécula no se acumula porque el organismo falle, sino porque la tasa de producción supera temporalmente la capacidad de captación de los tejidos receptores. Esa distinción conceptual transformó la comprensión del metabolismo del ejercicio.
Cómo viaja el lactato entre células
El mecanismo molecular del lactate shuttle depende de una familia de proteínas de membrana llamadas transportadores de monocarboxilatos, conocidos como MCT por sus siglas en inglés. Dos isoformas son centrales en el músculo esquelético. MCT4, expresado predominantemente en fibras glucolíticas de tipo II, exporta lactato desde las células que lo producen a alta velocidad. MCT1, expresado en fibras oxidativas de tipo I y en las membranas mitocondriales, importa lactato hacia las células y organelos que lo oxidarán. Pilegaard et al. (1999) demostraron en el American Journal of Physiology que la capacidad de transporte de lactato en el músculo entrenado era un 12% superior a la del músculo no entrenado, con un contenido de proteína MCT1 un 76% mayor y de MCT4 un 32% mayor en los sujetos con historial de entrenamiento de resistencia.
Esa infraestructura de transporte permite que el lactato fluya de manera coordinada entre compartimentos celulares y entre órganos distantes. Van Hall (2010) revisó la cinética del lactato en tejidos humanos en reposo y durante el ejercicio en Acta Physiologica y documentó que prácticamente todos los órganos participan en el metabolismo del lactato. En reposo, el cuerpo humano produce entre 1,0 y 1,5 mmol/kg/h de lactato de forma continua, principalmente en la piel, los eritrocitos, el cerebro y el músculo esquelético. Durante el ejercicio intenso, la producción muscular se multiplica, pero simultáneamente se activan mecanismos de captación en tejidos que utilizan el lactato como combustible preferido. El resultado es un sistema de distribución energética que opera en paralelo a la glucosa sanguínea y compite con ella por la oxidación mitocondrial.
Brooks (2018) amplió el concepto del shuttle al compartimento intracelular. Dentro de la propia célula muscular, el lactato producido en el citoplasma puede ser transportado directamente a la mitocondria a través de MCT1 localizado en la membrana mitocondrial interna, donde la isoforma mitocondrial de la lactato deshidrogenasa lo convierte en piruvato para alimentar el ciclo de Krebs. Este shuttle intracelular implica que el lactato no necesita salir de la célula para ser oxidado: puede producirse y consumirse dentro del mismo miocito, lo que cuestiona aún más la noción de que su acumulación citoplásmica refleja una crisis metabólica.
El combustible preferido del corazón
Gertz et al. (1988) realizaron un experimento que definió la relación entre el corazón y el lactato durante el ejercicio. Utilizando isótopos de carbono marcado en sujetos humanos sanos, midieron la captación y oxidación de sustratos energéticos por el miocardio en reposo y durante ejercicio de intensidad moderada. Los resultados, publicados en el Journal of Clinical Investigation, mostraron que la captación miocárdica de lactato aumentaba de 34,9 micromoles por minuto en reposo a 120,4 micromoles por minuto a los cinco minutos de ejercicio. Cuando la concentración de lactato arterial se elevaba durante el esfuerzo, el corazón lo captaba de forma preferente sobre la glucosa, y prácticamente todo el lactato absorbido se oxidaba de inmediato para generar ATP.
Esa preferencia no es accidental. El miocardio es el tejido con mayor densidad mitocondrial del organismo y opera casi exclusivamente mediante metabolismo aeróbico. A concentraciones fisiológicas normales de lactato, alrededor de 0,5 mmol/L en reposo, el lactato aporta cerca del 25% del sustrato total oxidado por el corazón. Cuando la concentración arterial sube a 4,5 mmol/L, un valor habitual durante un intervalo de alta intensidad en bicicleta, el lactato puede representar hasta el 60-90% del sustrato oxidado por los cardiomiocitos, desplazando tanto a los ácidos grasos como a la glucosa. El corazón del ciclista, ese motor que late a 180 pulsaciones por minuto en un puerto de montaña, se alimenta preferentemente del lactato que los cuádriceps están produciendo. Lo que el ciclista interpreta como un desecho es, en realidad, la gasolina que mantiene su corazón funcionando bajo esfuerzo máximo.
El cerebro también se alimenta de lactato
Schurr (2006) planteó una pregunta directa en el título de su revisión publicada en el Journal of Cerebral Blood Flow & Metabolism: "Lactate: the ultimate cerebral oxidative energy substrate?" La evidencia que compiló apuntaba a que sí. Las neuronas pueden oxidar lactato de forma eficiente, y durante el ejercicio de alta intensidad, cuando la concentración sanguínea de lactato aumenta, el cerebro incrementa su captación de lactato de forma proporcional. En reposo, el lactato representa aproximadamente el 8% del combustible cerebral. Durante el ejercicio intenso, esa cifra puede subir hasta el 25-33%, mientras que la captación de glucosa disminuye en paralelo, un fenómeno que sugiere que el cerebro cambia activamente de combustible cuando el lactato está disponible.
El mecanismo tiene sentido desde una perspectiva bioenergética. La oxidación de lactato produce entre 14 y 17 moléculas de ATP por molécula de lactato, y su conversión a piruvato genera NADH directamente en el citoplasma, que puede alimentar la cadena de transporte de electrones mitocondrial. Gladden (2004) señaló en su revisión publicada en The Journal of Physiology que el lactato representa un "nuevo paradigma para el tercer milenio": una molécula producida continuamente bajo condiciones aeróbicas en una variedad de células, tejidos y órganos, que sirve simultáneamente como sustrato energético, precursor gluconeogénico y molécula de señalización. Para el ciclista que siente la mente nublarse en los últimos kilómetros de una etapa de montaña, comprender que su cerebro depende en parte del lactato producido por sus piernas añade una dimensión que los modelos clásicos de fatiga simplemente ignoraban.
Lo que realmente causa la fatiga: no es el lactato
Si el lactato no es el villano, entonces ¿qué causa la sensación de quemazón y el fallo muscular que todo ciclista conoce. Robergs, Ghiasvand y Parker (2004) abordaron esta pregunta con un análisis bioquímico detallado publicado en el American Journal of Physiology. Su conclusión fue categórica: no existe soporte bioquímico para la idea de que la producción de lactato causa acidosis. La acidosis muscular durante el ejercicio intenso se origina en la hidrólisis del ATP, que libera protones (iones ), y en la acumulación de fosfato inorgánico (). La reacción clave es:
Cuando la demanda de ATP supera la capacidad del metabolismo oxidativo para regenerarlo, la glucólisis anaeróbica se acelera. Pero la producción de lactato, lejos de contribuir a la acidosis, en realidad la atenúa. La reacción catalizada por la lactato deshidrogenasa consume un protón por cada molécula de piruvato convertida en lactato:
El lactato actúa como un buffer metabólico. Si el músculo no produjera lactato, la acidosis y la fatiga ocurrirían más rápido y con mayor severidad, porque los protones generados por la hidrólisis de ATP no tendrían ese sumidero transitorio. La correlación entre lactato elevado y fatiga que los fisiólogos del siglo XX observaron era real, pero la causalidad estaba invertida: el lactato aumenta porque el metabolismo se acelera bajo esfuerzo, no porque el lactato cause el colapso del metabolismo. Es un marcador del estado metabólico, no el agente del daño.
Gladden (2004) lo sintetizó con una frase que definió el cambio de paradigma: "Durante la mayor parte del siglo XX, el lactato fue considerado un producto de desecho de la glucólisis debido a la hipoxia. Desde la década de 1970, ha ocurrido una revolución del lactato". Esa revolución implicó reconocer que la acumulación de , la depleción de en el retículo sarcoplásmico, la acumulación de que interfiere con los puentes cruzados de actina-miosina, y la propia fatiga central mediada por el sistema nervioso son los verdaderos mecanismos detrás del fallo muscular. El lactato es un testigo, no un criminal.
De la probeta al asfalto: qué cambia para el ciclista
La reinterpretación del lactato tiene consecuencias directas para el entrenamiento del ciclismo. La primera es conceptual: el "umbral de lactato" no marca el punto donde el cuerpo empieza a producir un desecho tóxico, sino el punto donde la tasa de producción de un combustible valioso supera la tasa a la que el organismo puede redistribuirlo y oxidarlo. Brooks (1985) ya había señalado que la concentración de lactato en sangre proporciona información mínima sobre la tasa de producción de lactato en el músculo, porque lo que medimos en sangre es el resultado neto de producción y eliminación en todo el cuerpo. Dos ciclistas con la misma concentración de lactato sanguíneo de 4 mmol/L pueden tener tasas de producción y aclaramiento radicalmente diferentes.
La segunda consecuencia es práctica. El entrenamiento en zona 2, tan discutido en los últimos años, tiene un efecto directo sobre la maquinaria de transporte y oxidación de lactato. Las sesiones prolongadas a intensidad por debajo del primer umbral de lactato estimulan la biogénesis mitocondrial en las fibras oxidativas, aumentan la expresión de MCT1 en las membranas celulares y mitocondriales, y mejoran la actividad de la lactato deshidrogenasa mitocondrial. El resultado es que el músculo entrenado capta y oxida lactato a una tasa mayor, lo que desplaza hacia la derecha la curva de acumulación de lactato sanguíneo. No es que el ciclista entrenado produzca menos lactato; es que lo consume más rápido. Pilegaard et al. (1999) documentaron que el contenido de MCT1 en el músculo de sujetos entrenados era un 76% mayor que en los no entrenados, evidencia directa de que el entrenamiento agranda las autopistas por las que circula el lactato.
La tercera consecuencia atañe al entrenamiento de alta intensidad. Los intervalos por encima del umbral generan picos transitorios de lactato sanguíneo que exponen a todo el organismo a concentraciones elevadas de esta molécula. Esa exposición repetida estimula las adaptaciones de transporte y oxidación no solo en el músculo activo sino en tejidos distantes. El corazón, que depende del lactato como combustible durante el esfuerzo, se beneficia de un mayor flujo de sustrato. El hígado aumenta su capacidad gluconeogénica a partir del lactato, regenerando glucosa que vuelve a la circulación para sostener la glucemia durante esfuerzos prolongados. Incluso el cerebro adapta su capacidad de captación de lactato con la exposición crónica al ejercicio.
El lactate shuttle como sistema de distribución energética
Brooks et al. (2022) publicaron en The Journal of Physiology una actualización titulada "Lactate in contemporary biology: a phoenix risen", donde consolidaron cuatro décadas de evidencia sobre el papel del lactato como molécula central del metabolismo energético. La revisión incluyó datos de estudios con trazadores isotópicos, biopsias musculares, resonancia magnética espectroscópica y modelos genéticos en ratones knockout para los transportadores MCT. La imagen que emerge es la de un sistema de distribución energética interorgánico en el que el lactato funciona como una moneda de intercambio metabólico, comparable en versatilidad a la glucosa pero con propiedades de transporte y señalización propias.
En un ciclista pedaleando a intensidad de umbral, el flujo de lactato se organiza de la siguiente manera. Los cuádriceps, los isquiotibiales y los glúteos producen lactato a tasas elevadas en sus fibras de tipo II reclutadas para sostener la potencia requerida. Una fracción de ese lactato se oxida dentro del mismo miocito mediante el shuttle intracelular descrito anteriormente. Otra fracción se exporta a la sangre a través de MCT4 y viaja hasta las fibras de tipo I del mismo músculo o de músculos menos activos, como los del tren superior, donde MCT1 lo importa para su oxidación. Una tercera fracción alcanza el corazón, que lo oxida preferentemente. Una cuarta fracción llega al hígado, donde se reconvierte en glucosa mediante gluconeogénesis. Y una quinta fracción cruza la barrera hematoencefálica y alimenta las neuronas. Todo simultáneamente. Todo coordinado por gradientes de concentración y densidad de transportadores.
Van Hall (2010) documentó un hallazgo que ilustra esta coordinación con datos de esquiadores de fondo de elite realizando roller-skiing a intensidad de competición. Los brazos producían y liberaban lactato a la sangre mientras las piernas, simultáneamente, captaban lactato neto de la circulación. Las piernas, que estaban produciendo lactato en cantidades masivas en sus fibras de tipo II, al mismo tiempo recaptaban el lactato que los brazos y otros tejidos habían vertido a la sangre, oxidándolo en sus fibras de tipo I. Producción y consumo simultáneos en el mismo grupo muscular. Esa dualidad es la esencia del lactate shuttle y la razón por la que medir el lactato sanguíneo ofrece solo una fotografía parcial de lo que ocurre a nivel tisular.
Señalización: el lactato como molécula reguladora
El lactato no solo sirve como combustible y precursor metabólico. Brooks (2018) identificó una tercera función que ha abierto una línea de investigación creciente: la señalización celular. El lactato regula la expresión génica a través de un mecanismo epigenético conocido como lactilación de histonas, donde grupos lactilo se unen a los residuos de lisina de las histonas y modifican la accesibilidad del ADN a la maquinaria de transcripción. Este descubrimiento, posterior a la revisión de Brooks pero coherente con su marco teórico, implica que la exposición repetida a concentraciones elevadas de lactato durante el entrenamiento no solo proporciona energía sino que modifica el programa de expresión génica de las células expuestas.
Para el ciclista, la implicación es que cada sesión de intervalos que eleva el lactato por encima de 6-8 mmol/L no solo entrena el metabolismo energético sino que envía señales moleculares a los genes que codifican proteínas mitocondriales, transportadores de monocarboxilatos y enzimas del metabolismo oxidativo. Brooks et al. (2022) propusieron que el lactato funciona como una "lactormona", un término acuñado para describir su papel como señal autocrina, paracrina y endocrina. La molécula que el ciclismo consideró un residuo tóxico es, según la evidencia acumulada, uno de los mensajeros más activos del organismo durante el ejercicio.
Cómo entrenar con el lactato, no contra él
El marco del lactate shuttle sugiere que el entrenamiento eficaz no busca "eliminar" el lactato sino optimizar su producción, transporte y oxidación como sistema integrado. Un programa de ciclismo que considere al lactato como combustible y señal molecular debería incluir tres estímulos diferenciados. El primero es volumen a baja intensidad, por debajo del primer umbral de lactato, que aumenta la densidad mitocondrial y la expresión de MCT1 en las fibras oxidativas, expandiendo la capacidad del organismo para consumir lactato. El segundo es trabajo al umbral, en la zona donde la producción y eliminación de lactato están en equilibrio dinámico, que entrena la coordinación entre los sistemas de producción y aclaramiento. El tercero es esfuerzos supraumbral, intervalos cortos e intensos que generan picos de lactato y estimulan tanto la capacidad glucolítica como las adaptaciones de señalización mediadas por el lactato.
Brooks (1986) demostró que durante el ejercicio sostenido a intensidad estable, el 75% del lactato producido se elimina por oxidación directa. Esa cifra aumenta con el entrenamiento. Un ciclista con años de base aeróbica tiene una maquinaria de oxidación de lactato tan eficiente que puede sostener potencias elevadas con concentraciones sanguíneas de lactato moderadas, no porque produzca menos sino porque consume más. Esa capacidad de aclaramiento es lo que separa al ciclista que se desploma en el kilómetro 80 del que mantiene su ritmo hasta el 160. No se trata de evitar el lactato sino de construir un sistema metabólico que lo procese como lo que siempre fue: energía en tránsito.
Fuente: Brooks (1986), Med Sci Sports Exerc
El fénix del metabolismo
Brooks et al. (2022) titularon su revisión más reciente "Lactate in contemporary biology: a phoenix risen", una referencia a la molécula que renació de las cenizas de un siglo de malentendido. El lactato no es un residuo. No es un indicador de fracaso metabólico. No es la razón por la que las piernas queman en una subida. Es un combustible que el corazón prefiere, que el cerebro consume, que los músculos intercambian entre sí, y que regula la expresión de los genes que determinan la capacidad de rendimiento. La próxima vez que un medidor de potencia marque una caída y el ciclista sienta la quemazón familiar en los cuádriceps, puede recordar que lo que está ocurriendo dentro de sus músculos no es una acumulación de basura metabólica sino un sistema de distribución energética trabajando al límite de su capacidad. La diferencia entre ambas interpretaciones no es semántica. Cambia cómo se entrena, cómo se dosifica el esfuerzo y cómo se entiende la relación entre el cuerpo y la intensidad.
Referencias
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