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Genética y Respuesta al Entrenamiento: Por Qué Tu Compañero Mejora Más Con el Mismo Plan
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Genética y Respuesta al Entrenamiento: Por Qué Tu Compañero Mejora Más Con el Mismo Plan

Un panel de 21 variantes genéticas explica el 49% de la variabilidad en las ganancias de VO2max tras 20 semanas de entrenamiento idéntico

SMPor Sofía Müller··18 min de lectura

El mismo entrenamiento, resultados opuestos

Dos ciclistas comparten grupo, acumulan las mismas horas en el sillín, suben los mismos puertos y siguen la misma periodización durante toda una temporada. En marzo, uno de ellos ha ganado 28 vatios en su umbral funcional y el otro apenas ha sumado 6. La diferencia no se explica por motivación, alimentación ni calidad del sueño. Está escrita, al menos en parte, en su ADN. La variabilidad interindividual en la respuesta al entrenamiento de resistencia es uno de los fenómenos más documentados y menos comprendidos de la fisiología del ejercicio, y la genética constituye el factor con mayor varianza explicada que se ha identificado hasta la fecha.

El estudio que estableció las bases de este campo fue el HERITAGE Family Study, dirigido por Claude Bouchard en el Physical Activity Sciences Laboratory de la Université Laval en Quebec, Canadá. Bouchard et al. (1999) reclutaron a 481 adultos sedentarios de raza caucásica provenientes de 98 familias de dos generaciones y los sometieron a un programa de entrenamiento estandarizado de 20 semanas en cicloergómetro. Todos entrenaron bajo supervisión directa, con la misma frecuencia, duración e intensidad relativa. Las mediciones de VO2max se realizaron dos veces antes y dos veces después del programa para minimizar el error de medición. Los resultados publicados en el Journal of Applied Physiology mostraron que la ganancia media de VO2max fue de aproximadamente 400 ml/min, pero la distribución de respuestas abarcó desde individuos que no mejoraron prácticamente nada hasta otros que ganaron más de 1.000 ml/min con el mismo protocolo exacto.

Lo que convirtió al HERITAGE en un estudio de referencia no fue solo el rango de respuestas, sino la estructura familiar de la muestra. El análisis de varianza reveló 2,5 veces más variabilidad entre familias que dentro de familias para la respuesta del VO2max al entrenamiento. La estimación de heredabilidad alcanzó el 47%, ajustada por edad y sexo, con un componente de transmisión materna del 28% en uno de los modelos estadísticos. Dicho de otro modo: casi la mitad de la diferencia en cuánto mejora una persona su capacidad aeróbica con entrenamiento se debe a factores genéticos heredados de sus padres. La otra mitad corresponde a variables ambientales, epigenéticas, nutricionales, de estilo de vida y de error residual.

De 324.000 variantes a un panel de 21

La siguiente pregunta era predecible: si la genética explica el 47% de la variabilidad, ¿cuáles son los genes responsables? Bouchard et al. (2011) abordaron esa cuestión con un estudio de asociación de genoma completo (GWAS) utilizando datos de 473 participantes del HERITAGE, analizando 324.611 polimorfismos de nucleótido simple (SNPs). Los resultados, publicados también en el Journal of Applied Physiology, identificaron 39 SNPs asociados con las ganancias en VO2max con un valor de p inferior a 1,5×1041{,}5 \times 10^{-4}. Un análisis de regresión múltiple paso a paso redujo ese conjunto a un panel de 21 SNPs que explicaban el 49% de la varianza en la capacidad de entrenamiento del VO2max.

Representación de ADN y estructura molecular en contexto de investigación genómica

Ese dato merece una pausa. Un conjunto de 21 variantes genéticas, cada una con un efecto individual modesto, explicaba colectivamente la mitad de la variabilidad en la respuesta al entrenamiento aeróbico. Los genes más cercanos a esos SNPs no eran los sospechosos habituales de la fisiología muscular. Incluían PRDM1 (un regulador transcripcional), GRIN3A (un receptor de glutamato del sistema nervioso), KCNH8 (un canal de potasio) y ZIC4 (un factor de transcripción cerebeloso). La biología de la capacidad de entrenamiento resultó ser mucho más compleja que la simple maquinaria muscular: involucraba señalización neuronal, regulación transcripcional y canales iónicos en tejidos que rara vez se asocian con el rendimiento deportivo.

Sarzynski, Ghosh y Bouchard (2017) ampliaron este trabajo incorporando datos transcriptómicos en una revisión publicada en The Journal of Physiology. Integraron información genómica y de expresión génica del músculo esquelético antes y después del entrenamiento, confirmando que la heredabilidad estimada del 47% implica que los predictores genómicos por sí solos son insuficientes para explicar toda la variabilidad en la capacidad de entrenamiento. El resto depende de interacciones gen-ambiente, regulación epigenética y factores que aún no se han identificado. La predicción genética del potencial de entrenamiento existe, pero es probabilística, no determinista.

Distribución de ganancias de VO2max en el estudio HERITAGE

Fuente: Bouchard et al. (1999), J Appl Physiol

ACTN3: el gen de la velocidad que también importa en resistencia

Si hay un gen que ha capturado la atención mediática en la genética deportiva, es ACTN3. Codifica la proteína alfa-actinina-3, una proteína estructural que se expresa exclusivamente en las fibras musculares de contracción rápida (tipo II). Un polimorfismo de nucleótido simple, el R577X (rs1815739), produce un codón de parada prematuro que resulta en la ausencia total de alfa-actinina-3 en individuos homocigotos para el alelo X. Yang et al. (2003) demostraron en el American Journal of Human Genetics que los atletas de elite de velocidad y potencia presentan frecuencias significativamente más altas del alelo 577R comparados con controles poblacionales. Ninguna de las atletas femeninas de sprint que habían competido a nivel olímpico era deficiente en alfa-actinina-3.

La cifra que contextualiza la relevancia poblacional de este polimorfismo es llamativa: aproximadamente 1.500 millones de personas en el mundo carecen de alfa-actinina-3. Lee et al. (2016) revisaron los mecanismos por los cuales la deficiencia de esta proteína altera la función muscular en un artículo publicado en Biochimica et Biophysica Acta. Las alfa-actininas interactúan con proteínas de tres vías biológicas: estructural, metabólica y de señalización. En ausencia de alfa-actinina-3, el músculo esquelético compensa parcialmente con alfa-actinina-2, pero el resultado neto es un cambio en las propiedades contráctiles. Las fibras rápidas funcionan con características parcialmente oxidativas, con mayor actividad enzimática aeróbica y menor capacidad de generación de fuerza a alta velocidad.

Para el ciclismo, la implicación es doble. El genotipo XX (deficiente en alfa-actinina-3) puede conferir una ventaja marginal en esfuerzos de resistencia prolongada, donde la eficiencia metabólica y la capacidad oxidativa de las fibras musculares son determinantes. El genotipo RR, con alfa-actinina-3 funcional en todas las fibras rápidas, favorece la generación de potencia explosiva: sprints, arrancadas y esfuerzos anaeróbicos cortos. Los heterocigotos RX se sitúan en un punto intermedio. Sin embargo, la magnitud de este efecto es modesta. Tener el genotipo XX no convierte a nadie en escalador ni el RR garantiza un sprint ganador. Son tendencias estadísticas poblacionales, no destinos individuales.

ACE I/D: presión arterial, eficiencia muscular y resistencia

El gen de la enzima convertidora de angiotensina (ACE) contiene un polimorfismo de inserción/deleción (I/D) que fue uno de los primeros en asociarse con el rendimiento deportivo. El alelo I (inserción) se relaciona con niveles más bajos de ACE circulante y se ha encontrado en frecuencias elevadas entre atletas de resistencia de elite: corredores de larga distancia, remeros y montañistas de altura. El alelo D (deleción) se asocia con niveles más altos de ACE y angiotensina II, un factor de crecimiento que promueve la hipertrofia muscular, y ha sido vinculado con ganancia de fuerza en respuesta al entrenamiento y con rendimiento en disciplinas de potencia.

Puthucheary et al. (2011) publicaron una revisión exhaustiva en Sports Medicine titulada "The ACE gene and human performance: 12 years on", examinando la evidencia acumulada desde los primeros hallazgos de Montgomery en 1998. La revisión concluyó que la asociación entre el alelo I y el rendimiento de resistencia es consistente pero de efecto moderado. Los mecanismos propuestos incluyen una mayor eficiencia mecánica del músculo, cambios en la composición de fibras musculares y efectos sobre la regulación del flujo sanguíneo local. El genotipo II se ha asociado con mayor proporción de fibras tipo I en el vasto lateral, menor gasto energético a intensidades submáximas y mayor respuesta vasodilatadora al ejercicio.

Ciclistas entrenando en grupo en carretera abierta

Lo que hace al polimorfismo ACE I/D particularmente relevante para la discusión sobre personalización del entrenamiento es que su efecto parece depender de la dosis de ejercicio. El genotipo II puede estar asociado con mayores mejoras en resistencia aeróbica de duración media, mientras que el DD parece más ventajoso para actividades de mayor intensidad y menor duración. Un ciclista con genotipo II podría responder mejor a bloques largos de zona 2, mientras que uno con DD podría obtener más beneficio de sesiones de intervalos cortos a alta intensidad. Esa hipótesis, aunque plausible fisiológicamente, aún no ha sido confirmada en ensayos controlados con ciclistas, y la magnitud del efecto genotípico es lo suficientemente pequeña como para que otros factores como el volumen total de entrenamiento, la nutrición y el descanso la enmascaren fácilmente.

PPARGC1A: el regulador maestro de la biogénesis mitocondrial

El gen PPARGC1A codifica la proteína PGC-1alfa, un coactivador transcripcional que actúa como regulador central de la biogénesis mitocondrial en el músculo esquelético. Cada vez que un ciclista completa una sesión de entrenamiento de resistencia, la cascada de señalización intracelular converge en PGC-1alfa para activar la transcripción de genes mitocondriales, promover la oxidación de ácidos grasos y favorecer la transición de fibras musculares hacia un fenotipo más oxidativo. El polimorfismo Gly482Ser (rs8192678) en este gen ha sido objeto de múltiples estudios de asociación con rendimiento deportivo.

Chen et al. (2019) realizaron un metaanálisis publicado en Biology of Sport que incluyó datos de aproximadamente 3.700 atletas y 6.200 controles. Los resultados mostraron frecuencias más altas del genotipo Gly/Gly (OR 1,26; IC 95%: 1,11-1,42) y del alelo Gly (OR 1,29; IC 95%: 1,09-1,52) en atletas de resistencia caucásicos comparados con controles. El alelo Gly se asocia con mayor eficiencia mitocondrial, mayor capacidad de oxidación lipídica y mayor proporción de fibras tipo I. La variante Ser, por su parte, se ha vinculado con menor actividad transcripcional de PGC-1alfa y, en algunos estudios, con mayor riesgo de diabetes tipo 2 y obesidad.

La relación entre PPARGC1A y la respuesta al entrenamiento ilustra un concepto central de la genética del ejercicio: los mismos polimorfismos que predisponen al rendimiento deportivo también modulan el riesgo metabólico en la población general. Un ciclista con el genotipo Gly/Gly no solo podría generar más mitocondrias en respuesta al entrenamiento, sino que también tendría un perfil metabólico basal más favorable. La genética del ejercicio y la genética de la salud pública comparten variantes, vías y mecanismos, lo que convierte al entrenamiento personalizado en una cuestión que trasciende el rendimiento deportivo.

High responders y low responders: más que una etiqueta

Mann, Lamberts y Lambert (2014) publicaron en Sports Medicine una revisión que sistematizó el concepto de high responders y low responders al entrenamiento estandarizado. Los autores, del Research Unit for Exercise Science and Sports Medicine de la Universidad de Cape Town, identificaron cuatro categorías de factores que explican la variación interindividual: genéticos, características del programa de entrenamiento, factores de recuperación (sueño, estrés psicológico, actividad física habitual) y factores nutricionales. La revisión dejó claro que la clasificación de un individuo como low responder depende del protocolo específico: alguien que no responde a un programa de resistencia de baja intensidad puede responder a intervalos de alta intensidad, y viceversa.

Ganancias de VO2max según perfil genético (HERITAGE)

Fuente: Bouchard et al. (2011), J Appl Physiol

Ese punto es fundamental y a menudo se pierde en la simplificación mediática. No existen individuos genéticamente condenados a no mejorar con ningún tipo de ejercicio. Lo que existe es una interacción genotipo-protocolo: el mismo genoma puede producir respuestas distintas según el estímulo aplicado. Los datos del HERITAGE mostraron que los participantes que portaban mayor cantidad de alelos favorables en el panel de 21 SNPs mejoraron su VO2max en promedio 604 ml/min, mientras que los que portaban 9 o menos alelos favorables mejoraron 221 ml/min. Pero incluso estos últimos mejoraron. La diferencia está en la magnitud, no en la dirección.

Montero y Lundby (2017) llevaron esta idea un paso más allá en un estudio publicado en The Journal of Physiology con el provocativo título "Refuting the myth of non-response to exercise training". Reclutaron a 78 hombres jóvenes sanos y los distribuyeron en cinco grupos que entrenaron una, dos, tres, cuatro o cinco sesiones de 60 minutos por semana durante seis semanas. Tras esa primera fase, las tasas de no-respuesta en potencia máxima (Wmax), definida como cualquier cambio dentro del error típico de medición de ±3,96%\pm 3{,}96\%, fueron del 69% para quienes entrenaron una vez por semana, 40% para dos veces, y 29% para tres veces. Todos los participantes que completaron cuatro o cinco sesiones semanales mejoraron significativamente. Luego, los no-respondedores de cada grupo repitieron un segundo bloque de seis semanas con 120 minutos adicionales de ejercicio por semana. Resultado: la no-respuesta desapareció por completo.

La falacia del gen único

La narrativa mediática sobre genética deportiva tiende a reducir la complejidad a titulares sobre genes individuales: "el gen del sprint", "el gen de la resistencia", "el gen de la fuerza". Esa simplificación es metodológicamente errónea. El rendimiento en ciclismo de resistencia es un rasgo poligénico complejo en el que cientos o miles de variantes genéticas contribuyen con efectos individuales diminutos. Ningún gen aislado tiene un efecto lo suficientemente grande como para predecir el rendimiento de un individuo o su respuesta al entrenamiento con precisión clínica relevante.

Los estudios de asociación han identificado decenas de variantes estadísticamente asociadas con rasgos relacionados al rendimiento, pero la varianza explicada por cada variante individual rara vez supera el 1-2%. ACTN3 R577X, probablemente el polimorfismo más estudiado en genética deportiva, muestra asociaciones consistentes a nivel poblacional pero tiene un poder predictivo individual bajo. Un ciclista con genotipo RR puede ser un escalador mediocre y uno con XX puede ganar sprints si el resto de su perfil genético, su historial de entrenamiento y sus habilidades tácticas lo favorecen. La genética opera como un sesgo probabilístico sobre un fondo de complejidad multifactorial.

La arquitectura genética del rendimiento también implica epistasis: interacciones entre variantes en diferentes genes que producen efectos no aditivos. El efecto de ACTN3 puede depender del genotipo de ACE, y ambos pueden interactuar con variantes en PPARGC1A y otros genes. Modelar esas interacciones requiere muestras enormes que la genética deportiva aún no ha logrado reunir. Los estudios GWAS existentes trabajan con cientos de participantes cuando la genómica de rasgos complejos en poblaciones generales utiliza cohortes de cientos de miles. Esa limitación de potencia estadística explica por qué muchos hallazgos iniciales no se replican en estudios posteriores.

Lo que la genética no puede decirle al entrenador (todavía)

Existe un mercado creciente de tests genéticos directos al consumidor que prometen perfilar la respuesta al entrenamiento a partir de un hisopo de saliva. Esos tests analizan un puñado de variantes conocidas, típicamente ACTN3, ACE y unos cuantos polimorfismos más, y generan recomendaciones de entrenamiento basadas en el genotipo. El problema es que la evidencia actual no respalda la utilidad clínica de esas recomendaciones. La varianza explicada por las variantes analizadas es demasiado pequeña, las interacciones gen-ambiente son demasiado complejas y los estudios de validación son inexistentes.

Lo que sí puede hacer un ciclista con la información genética disponible es interpretar mejor su propia historia de entrenamiento. Si después de un bloque de seis semanas de entrenamiento polarizado las ganancias fueron mínimas, la respuesta correcta no es abandonar sino modificar el estímulo. Tal vez necesita más volumen, como sugieren Montero y Lundby. Tal vez necesita más intensidad. Tal vez necesita más tiempo. La genética modula la dosis-respuesta, no la capacidad absoluta de adaptación. Todo organismo humano sano se adapta al estrés mecánico y metabólico; la velocidad y la magnitud de esa adaptación son las que varían.

Ciclista solitario en carretera durante entrenamiento con paisaje abierto

Mann et al. (2014) señalaron que la variación en el estrés homeostático asociado a cada sesión de entrenamiento es una fuente de variabilidad que se confunde frecuentemente con la respuesta genética. Dos ciclistas que completan la misma sesión prescrita como "4x8 minutos al 90% del FTP" pueden experimentar estímulos fisiológicos muy distintos si sus umbrales reales difieren, si su estado de recuperación es diferente o si la temperatura ambiental varía. Lo que parece un mismo entrenamiento en el archivo de TrainingPeaks puede ser un estímulo metabólico completamente diferente en el músculo de cada uno. Parte de lo que atribuimos a la genética podría ser, en realidad, imprecisión en la prescripción del entrenamiento.

La epigenética como puente entre genes y entrenamiento

Los genes no cambian con el entrenamiento, pero su expresión sí. La epigenética, el conjunto de modificaciones químicas que regulan qué genes se transcriben y cuándo, constituye un mecanismo por el cual el ejercicio modifica la lectura del genoma sin alterar la secuencia de ADN. La metilación del ADN, las modificaciones de histonas y los ARN no codificantes modulan la expresión de genes como PPARGC1A en respuesta a cada sesión de entrenamiento. Un ciclista que entrena consistentemente durante años acumula marcas epigenéticas que favorecen la expresión de genes de capacidad oxidativa, angiogénesis y biogénesis mitocondrial.

Ese fenómeno explica parcialmente la observación de que la heredabilidad del VO2max en estado sedentario y la heredabilidad de la respuesta al entrenamiento no son idénticas. En un estudio previo del HERITAGE, Bouchard et al. (1998) estimaron la heredabilidad del VO2max basal en el estado sedentario en al menos un 50%, mientras que la heredabilidad de la respuesta al entrenamiento fue del 47%. Los genes que determinan tu punto de partida y los que determinan cuánto puedes mejorar no son completamente los mismos. Un individuo puede tener un VO2max basal alto pero responder modestamente al entrenamiento, o un VO2max basal bajo pero una capacidad de entrenamiento elevada. Las dos heredabilidades operan de forma parcialmente independiente.

La implicación práctica es que el VO2max inicial de un ciclista no predice necesariamente cuánto mejorará. Un ciclista recreativo con un VO2max de 42 ml/kg/min podría tener mayor capacidad de entrenamiento genética que uno que empieza con 52 ml/kg/min. El primer año de entrenamiento estructurado de ambos podría invertir sus posiciones relativas. La genética no solo define el techo; define la pendiente de la curva de adaptación, y esas dos variables no están perfectamente correlacionadas.

Hacia la personalización basada en evidencia

La pregunta que todo ciclista interesado en la genética quiere responder es directa: dado mi perfil genético, ¿cuál es el entrenamiento óptimo para mí? La ciencia actual no puede responderla con precisión individual. Pero sí puede ofrecer principios informados por la genómica. Primero: la variabilidad interindividual en la respuesta al entrenamiento es real, sustancial y parcialmente heredable. Segundo: esa variabilidad no implica que existan personas que no pueden mejorar, sino que la dosis efectiva varía. Tercero: la respuesta al entrenamiento es específica del protocolo, no del individuo; cambiar el tipo, la intensidad, el volumen o la frecuencia del estímulo puede desbloquear adaptaciones que un protocolo anterior no producía.

El futuro de la personalización del entrenamiento probablemente no dependa de un panel genético aislado sino de la integración de datos genómicos con variables fenotípicas: potencia relativa, respuesta de lactato, variabilidad de la frecuencia cardíaca, composición corporal y respuesta histórica a distintos bloques de entrenamiento. Sarzynski, Ghosh y Bouchard (2017) sugirieron que combinar predictores genómicos y transcriptómicos con datos fisiológicos podría permitir clasificar a los individuos en perfiles de respuesta antes de iniciar un programa. Esa visión está a años de implementación práctica, pero la dirección es clara.

Mientras tanto, el ciclista que se pregunta por qué su compañero de grupo mejora más con el mismo plan tiene una respuesta parcial pero científicamente sólida: la genética modula la dosis-respuesta al entrenamiento de forma significativa, con una heredabilidad cercana al 50%. No es una excusa para entrenar menos ni una razón para resignarse. Es una invitación a experimentar con el estímulo, a extender los plazos de evaluación y a aceptar que la ruta óptima hacia el rendimiento no es la misma para todos. La biología no es justa, pero es modificable. La cuestión es encontrar la dosis correcta para cada genoma.